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Fútbol en las trincheras




Las trincheras seguramente ese día eran más frías que ningún otro, era la navidad del año 1914 y una cruel guerra azotaba los más prósperos campos de Europa. Una parte de la más brillante generación de la época estaba estancada en entre el fango de Yprés, Bélgica y este era tan solo uno de los frentes en los cuales los más jóvenes se encarnizaban en una sangrienta lucha de potencias. Sus países les pedían el último sacrificio con tal de mantener un orden mundial.

Aquella tarde de invierno más que el viento helado, el frío lo producía estar lejos de sus familias en una fecha tan especial. Cinco meses antes Alemania había invadido Bélgica con la clara intención de llegar hasta Paris pero británicos y franceses establecieron un perímetro en el cual se libraba una mortífera batalla. Cada centímetro de tierra era disputado con la mayor ferocidad y valentía.

El ímpetu de los combatientes disminuía a medida que la sangría continuaba y ninguno de los bandos podía avanzar sobre territorio enemigo. Esa era tal vez para muchos la primera navidad que pasaban lejos de sus familias y a pesar del esfuerzo del ejército para que el correo llegara a tiempo, una creciente nostalgia se apoderaba de las trincheras inundadas y llenas de insectos.

En las posiciones alemanas sus soldados reúnen los pocos adornos navideños que reciben y confeccionan un improvisado árbol de navidad, mientras de las trincheras británicas a escasos 36 metros se entona el villancico “noche de paz”.

Hacia el final de la tarde los alemanes decidieron hacer contacto. Bernard J Brooks, sargento británico destacado en el lugar, describe en una carta como sus rivales les propusieron en inglés no disparar y encendieron una fogata junto a la cual empezaron a cantar también mientras caía la noche.

La mañana del 25 de diciembre, los británicos mueven su ficha. Willie Loasby fue encargado con una misión de suma importancia y peligro. El joven soldado debía salir de las trincheras y acordar una tregua con los teutones. Lentamente asomó la cabeza y se dispuso a recorrer el corto trecho que separaba sus posiciones.

Mientras recorría la “tierra de nadie” sus compañeros estaban alerta a responder cualquier agresión pero afortunadamente lo que encontró fue un fraterno saludo de un oficial alemán que con diligencia le ofreció una tabla de chocolate, seis cigarrillos y le propuso jugar un partido de fútbol.

Sin vacilar los británicos, además inventores del hermoso deporte, aceptaron. Rápidamente se formaron 2 equipos y en pocos minutos ya se disputaba un emocionante clásico europeo. Ni las  endebles porterías improvisadas con sombreros militares, ni el hielo que cubría el suelo impidieron que el balón rodara en el campo de batalla por una hora y por esos minutos los jugadores y espectadores se olvidaran de lo cruel de la guerra.

Pronto el día terminó y cada bando regresó a su trinchera para padecer tres años más de una de los conflictos más determinantes y letales en la historia de la humanidad. Este instante de hermandad, deportividad y sentimientos fue conocido como la “tregua de navidad”.

Moore y las esmeraldas colombianas.




Sir Bobby Moore fue un caballero de la corona inglesa que se ganó el derecho a esta distinción en un pequeño, comparado con los principales escenarios de batalla europeos, campo de césped. Sin lidiar con balas de acero pero si de cuero, como el balón que transportaba magistralmente en sus pies al vestir la camiseta de Inglaterra. Así como protagonizó grandes momentos en el terreno de juego, el aguerrido defensor inglés también participó en un curioso episodio previo a la Copa del Mundo de 1970 realizada en México.

Sorprendentemente en mayo de 1970, un rubio jugador con 1.83 de estatura y una impresionante técnica, entrenaba en la sede deportiva del Club Deportivo Los Millonarios. No era ni mucho menos el rutilante fichaje de la época en el fútbol colombiano, ni la solución a los problemas de un equipo azul que no lograba salir de la mitad de la tabla y en el cual, hacia no mucho, había brillado Alfredo Di Stéfano. Era Bobby Moore, el capitán de la selección inglesa de fútbol y quien cuatro años antes, había recibido de manos de la mismísima reina, el trofeo Jules Rimet que acreditaba a los inventores del fútbol, como campeones mundiales por primera y única vez en su historia.

¿Y por qué  estaba un jugador de esa categoría allí? Sería la pregunta que se haría cualquier desprevenido que no estuviera atento a las noticias. Pues, el número 6 del West Ham londinense y la selección, había sido arrestado en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, acusado de robar un hermoso brazalete de oro y esmeraldas, propiedad de la joyería ‘Oro Verde’ del Hotel Tequendama, donde su equipo se había alojado como parte de su plan de partidos de fogueo previos al mundial.

El brazalete estaba avaluado en 1.500 dólares y las autoridades habían procedido a la detención del futbolista cuando abordaba un vuelo que llevaría a los ingleses a México a menos de una semana del inicio del campeonato. El dueño del comercio señalaba el 18 de mayo como la fecha en la cual Moore, al “aprovechar una distracción de la vendedora”, había robado la joya. 

Pronto Tom Rogers, embajador de la corona británica en Colombia, se hizo presente junto con un abogado penalista. La delegación dirigida por Alf Ramsey, mítico entrenador inglés, no tuvo más remedio que dejar a su capitán en tierras colombianas y afrontar con incertidumbre el último tramo de su preparación para el certamen. 

En Inglaterra el incidente detonó todas las alarmas. Un país donde el fútbol es tan popular como la religión, la detención de su guía deportivo fue tomada como una afrenta, incluso se llegó a rumorar que la situación “amenazaba gravemente las relaciones diplomáticas”. El asunto tomó tal dimensión que algunos hinchas ingleses se ofrecieron en canje por el jugador e incluso algunos potentados colombianos quisieron pagar el brazalete para evitar consecuencias mayores por el bochornoso incidente.

Alfonso Senior, uno de los grandes dirigentes del fútbol colombiano, presidente y co-fundador de Los Millonarios, ofreció su casa para hospedar al prestigioso futbolista mientras se esclarecía lo sucedido. Durante los 3 días que duró su “cautiverio”, el capitán del conjunto inglés, se entrenó durante dos horas realizando intensos piques, pases y ejercicios de estiramiento.  

Finalmente Moore fue liberado, a pesar de seguir procesado por el supuesto robo, y viajó a México donde llegó con 3 kilos menos de peso y con 72 horas para prepararse. En el debut de Inglaterra fue titular en la victoria frente a Rumania.

Poco antes de morir a los 51 años víctima de un cáncer y ya como comentarista deportivo, Moore recordaba el incidente como uno de los puntos más bajos de su vida y por el cual incluso llegó a recibir asistencia psicológica.

La elegancia hecha fútbol: Brasil 1 Inglaterra 0 en México 70

Seguramente cuando Dios creó el fútbol, porque estoy convencido que fue Él, se imaginó un partido como el Brasil-Inglaterra disputado el 7 de junio de 1970, fue perfecto aunque en más de una ocasión la pierna fuerte amenazó con empañar uno de los más grandes partidos de la historia de los mundiales.

Era un día clave en el estadio de Jalisco, su campo sería el escenario de uno de los partidos más importantes de aquel campeonato, Brasil e Inglaterra encuadrados en el grupo III se enfrentaban por la hegemonía mundial, los dos venían de ganar en sus anteriores partidos y en los dos últimos mundiales, Brasil en el 62 e Inglaterra en el 66 haciendo respetar su casa.

Las tribunas estaban a reventar y el intenso sol de mediodía mexicano impulsaba la venta de agua helada por cantidades. Los equipos saltaron a la cancha y desde el primer minuto el ataque fue la táctica que predominó en el encuentro. Inglaterra dio el primer aviso llegando a predios de Felix quien con la solvencia que lo caracterizaba conjuro el peligro, luego minutos más tarde sería Banks el encargado de regalarle a la historia la atajada más acrobática en los mundiales cuando después de un centro de Jairzinho, Pelé cabeceó impecablemente y el veterano portero de 33 años se estiró como un felino para sacar el balón que iba camino a las mallas.

Brasil a pesar de la ausencia de Gerson, uno de sus genios por lesión, no perdió para nada su capacidad ofensiva y Paulo Cesar cumpliría un digno papel; Moore “el del brazalete en el hotel Tequendama de Bogotá” daba muestras de ser el mejor defensa del mundo y Charlton con su, de sobra, conocida exquisitez se situaba como media punta distribuyendo juego a Lee y Hurst.

La justicia mantenía la balanza equilibrada hasta el segundo tiempo cuando con una genialidad endiablada Tostao entró en el área británica regateando a tres defensas seguidos, luego se volteó como si en su cabeza tuviera un radar y localizó a Pelé no sin antes abofetear a Ball quien acudió también desesperado a marcarle,  el balón atravesó todo el centro del rectángulo llegando a los pies del mágico 10 que casi sin pestañear habilitó a Jairzinho que entraba en velocidad por la derecha, Banks no pudo hacer nada, 1-0.

Alf Ramsey se tomaba la cabeza en el banco pero quien sabe si sería el candente calor que reinaba en la cancha o la desesperación, lo que le llevó a hacer uno de los cambios más erráticos del torneo: sacar a Bobby Charlton cinco minutos después del gol brasileño. El 9 inglés había sido la brújula del equipo y a pesar de que la mayoría de sus disparos salieron desviados y muy altos, seguía siendo el jugador más peligroso de los ingleses.

Brasil se acomodó bien en el campo pero a pesar de su suficiencia no pudo evitar pasar un susto con un balón de Ball que se estrelló en el horizontal poco antes del término del partido.

El tiempo se consumió, el arbitro pitó el final y Pelé se abrazo con Moore en el centro del campo intercambiando camisetas, todavía existía la esperanza de que se volvieran a ver en la final y el hábil capitán inglés tuviera su revancha, pero no fue así, en cuartos de final los británicos se enfrentaron con Alemania que tomó venganza de la final del 66 y explotó las falencias de un nervioso Peter Bonetti, reemplazante de Banks quien por razones de salud no pudo ocupar la portería aquella tarde; Brasil vencería en cuartos a Perú, en Semifinales se quitaría de encima el fantasma del “maracanazo” frente a Uruguay y en la final derrotaría a Italia por 4-1 ganando en propiedad la Copa Jules Rimet.

Un caballo dominó una muchedumbre. Bolton 2 West Ham 0


La pasión por el ‘football’ es algo que siempre ha caracterizado a los ingleses por algo son los inventores de este deporte que nos trae a todos de cabeza. En la hora del partido, además de la cancha, los bares y sitios autorizados se llenan hasta arriba de enfervorizados ‘supporters’. El 28 de abril de 1923 el problema fue que todos se dieron cita en un mismo lugar: El estadio de Wembley.


El marco era inmejorable, final de F.A Cup, estreno del perfecto escenario del fútbol de las islas, Wembley, y dos equipos militantes en la First division que habían sorteado difíciles eliminatorias para llegar hasta allí. Ninguno había sido campeón, Bolton había estado más cerca disputando la final de 1894 perdiendo con Notts Country 4-1 y West Ham United nunca, hasta esta edición, había pasado de cuartos de final.

Las directivas de la Football Association no tenían muchas expectativas por la asistencia, después de la Primera Guerra Mundial las finales disputadas en Stamford Bridge no tuvieron mucha convocatoria, incluso llegaron a poner en marcha una campaña publicitaria alentando a la gente a asistir. Grave error.

No tuvieron en cuenta varios factores, un equipo de Londres (West Ham United) disputaba la final, era la inauguración del majestuoso templo del fútbol británico y además, como principal aderezo, el rey Jorge V asistiría al ‘match’.

Wembley tenía una capacidad oficial de 125000 asistentes, era una de las joyas de la corona, había anticipado su apertura un año, su inauguración estaba prevista para 1924 pero el buen que hacer de sus constructores precipitó la apertura de sus puertas.

5000 hinchas salieron temprano de Bolton con el ánimo de acompañar a su equipo, las calles de Londres padecían un frenético trasegar de aficionados. El clima era inmejorable y a las 11:30 las puertas de abrieron al público, varias horas antes del inicio del encuentro.

Ríos de gente empezaron a inundar los aledaños del estadio, la afluencia de público desbordaba todos los pronósticos, hasta la 1:00pm el ingreso fue ordenado pero se calcula que más de 300000 personas se agolpaban en las afueras de Wembley esa tarde. Un cuarto de hora más tarde las puertas se cerraban, aún así la gente seguía llegando haciendo caso omiso a los avisos que se trasmitieron en las paradas del tren.

A las 2:15 una multitud expectante derribó las barreras he ingresó a la parte baja del estadio desplazando a los que ya se encontraban adentro hacia el terreno de juego, no cabía un alfiler, cualquier cosa podía pasar, era una caldera.

La llegada del Rey calmó un poco la situación, después de entonar el ‘God save the king’ la muchedumbre empezó a ayudar a las autoridades a despejar el rectángulo verde, en ese momento hizo su aparición la Policía Montada, allí es donde emerge uno de los héroes de la tarde, George Scorey cabalgando en su corcel Billie, era gris pero en la televisión de la época se veía blanco.

A galope fue despejando el campo de juego. Los caminos hacia el estadio estaban completamente colapsados, incluso los jugadores del Bolton tuvieron que bajar del autobús y completar a pie la milla que les faltaba para llegar al escenario abriéndose paso entre multitud.

Tres cuartos de hora más tarde de lo previsto el partido ya estaba listo para empezar, en gran medida por el invaluable trabajo de Scorey y Billie, los asistentes con boleta que no pudieron entrar fueron correctamente tratados y se les devolvió su dinero. 150000 personas abarrotaban el estadio, no se podían ni mover cuando el árbitro silbó el inicio del encuentro.

Las anécdotas no acabarían con el arranque del compromiso, a los 2 minutos de juego el mediocampista del West Ham, Jack Tresadern, se vio envuelto por la multitud luego de un saque de banda, lo que lo imposibilitó de volver al campo de juego inmediatamente facilitando así que David Jack aprovechara la situación para de un fuerte disparo batir al portero de los ’Hammers’ y dejar K.O a uno de los hinchas detrás de la portería.

El partido se tornó de ida y vuelta, Watson casi empata el partido para el West Ham pero a los 11 minutos el partido se suspendió por única vez debido a la invasión de la cancha, la gente no cabía en las tribunas. Después de la reanulación en el entretiempo los jugadores no pudieron acceder al camerino, pasaron 5 minutos en el terreno de juego y reanudaron las acciones.

A los 8 minutos del segundo tiempo Bolton amplió la ventaja no sin controversia, Ted Vizard lanzó un centro desde la banda y Jack Smith remató a gol, el balón volvió a salir de la cabaña y los jugadores del West Ham alegaron que había pegado en un poste a lo cual el arbitro D.H Asson respondió que entró y fue rebotado por un espectador, al ponerse 2-0 a favor de los visitantes la gente empezó a abandonar el campo de juego.

El partido terminó sin muchas emociones, Jorge V entregó la Copa F.A al Bolton y se retiró ovacionado, a la historia pasaría aquel corcel gris, aparentemente blanco en televisión que evitó una tragedia y permitió que se disputara una de las finales más disparatadas y recordadas de la historia.

El legendario Craven Cottage


Son pocos los sitios donde aún se respira la magia y mística del fútbol, en un devenir histórico 'marketiniano' son cada vez menos los escenarios que conservan la esencia de lo que alguna vez fue la práctica del fútbol. Ahora muchos de los patrocinadores son los que mandan la parada, estadios tan hermosos como Highbury en Londres firmaron su jubilación después de un siglo de servicios para dar paso a gigantes como el Emirates. Wembley fue completamente remodelado y sólo quedan las dos torres como testigos de lo que alguna vez fue este templo del fútbol británico.

Fiel a la tradición el estadio de Craven Cottage, casa del Fulham desde 1896, sigue albergando cada fin de semana encuentros de la Premier League y manteniendo ese añejo toque que dieron los antepasados al fútbol británico.

Situado al lado del Bishop’s Park, el terreno inicialmente era un campo de caza donde la realeza, incluida la distinguida Ana Bolena, iban a pasar su tiempo libre. Estaba rodeado por hermosos pinos y muchas actividades lúdicas eran llevadas a cabo en sus dominios, se dice que se practicaba también uno de los antepasados del actual balompié, impulsando el balón con las caderas.

Cuando los directivos del equipo londinense decidieron construir su estadio allí  tuvieron que pasar dos años para poner en condiciones el terreno, estaba abandonado desde mayo de 1888 después de un terrible incendio, recién en 1896 estuvo apto para albergar un estadio en sus dominios.

El Fulham ya había pasado por ocho diferentes campos antes de asumir la valiosa empresa de construir su propio campo, el equipo fundado en la iglesia de St Andrew’s desde esa época sólo ha tenido que estar por fuera de su adorado fortín dos temporadas, de la 2002 a la 2004 por remodelación llevada a cabo por conservación de las instalaciones.

Varios fueron las tentaciones de dejar su recinto pero el Fulham se resistió, en 1910 el rico empresario Gus Mears propuso a Henry Norris, propietario en esa época del club, mover el club a un recién adquirido estadio de Stamford Bridge, Norris dijo no a la propuesta y Mears decide crear su propio club, el Chelsea. Luego el Arsenal es adquirido también por Norris y por su mente se pasó crear un equipo llamado Super London Club de la fusión de sus dos inversiones, al final pudieron más los rezos en la iglesia donde nació el club que los afanes de integración.

Actualmente cuenta con la gradería más antigua del fútbol mundial, la llamada John Haynes Stand que aún ahora en pleno siglo XXI está en madera y es el único sector del precioso estadio donde no se puede fumar.

El gol fantasma de Geoff Hurst en el 66


Uno de los que le acompañaban en la mesa tapó el micrófono ¿estas seguro que quieres decir esto? Preguntó con una muestra de nervios, a lo cual Geoff Hurst aseguró que si, lo que acababa de hacer el héroe de aquella final del mundial 66, el único jugador en la historia en anotar un Hat trick en el último partido de una Copa Mundo, era acabar con una de las incógnitas más grandes del la historia del futbol, su segundo gol, tercero de Inglaterra aquella tarde no había traspasado la línea.

Después de ser preguntado por enésima vez en su vida por aquel gol dudoso, después de 44 años el ex delantero del West Ham United y de la selección inglesa dijo: "The ball never crossed the line” (el balón nunca cruzó la línea. Era un peso que sus hombros no podían mantener por más tiempo.

Hurst había empezado aquel campeonato en el banquillo pero la lesión de Greaves en el tercer partido de la fase de grupos frente a Francia le había abierto un espacio en el once titular para enfrentar a Argentina en Wembley por los cuartos de final, el joven jugador capitalizó su presencia y en un juego, tampoco exento de polémica, anotó el único tanto del vertiginoso encuentro. Wilson combinó con Peters por la banda derecha, este lanzó un centro cruzado que lo encontró muy bien situado para cabecear al ángulo donde el portero Roma no pudo llegar.

Así nada más debut y gol, parecía bendecido por Dios, jugaría también la semifinal frente a Portugal, Inglaterra ganaba el partido 1-0 pero Eusebio y su combo se acercaban cada vez más a los predios de Gordon Banks, la cosa no pintaba muy bien cuando él, a once minutos del final, se llevó un balón por la banda, superó con fuerza la entrada de Carlos, llegó a línea de fondo y sacó la mirilla para encontrar en un centro atrás la afinada pierna derecha de Bobby Charlton, 2-0 y tranquilidad absoluta, la final estaba a la vuelta de la esquina, la gran duda era si podría disputarla al estar Jimmy Greaves recuperado.

Alf Ramsey entrenador de Inglaterra tenía que tomar una dura decisión, pero las buenas presentaciones de George lo hicieron decantarse por él para titular y puso en la cuerda floja a otro de los atacantes, Roger Hunt, quien finalmente le ganó a Greaves el pulso por la titularidad debido a su continuidad a lo largo del campeonato. Después de todo iba a jugar la final, se lo había ganado.

Era el partido del siglo en Inglaterra, por primera vez los inventores del Foot-ball llegaban a la final del torneo más importante y su rival, la Alemania de Helmut Shoen, tenía algunos problemas, no llegaba del todo bien a este partido. El primero era su portero, Hans Tilkowski quien estaba lastimado en un hombre y no podía llegar con propiedad a los balones por alto, el otro era en la delantera, Lothar Emmerich era el indiscutible goleador de la Bundesliga además había metido un importante gol frente a Suiza pero ahora lucia agotado y falto de audacia.

Pronto el entrenador bávaro tuvo que resignarse y convivir con las adversidades para el partido, Sepp Maier arquero suplente se lesionó y si sacaba a Emmerich y Alemania perdía, sin dudarlo un momento el país entero pediría su cabeza.

El gran favorito el día de la final era Inglaterra, además de jugar frente a su público los británicos también contaban con un record, durante 65 años la selección de los tres leones nunca había perdido frente a Alemania, esta vez en el partido más importante de su historia no dejarían por nada del mundo que esto pasara.

Sin embargo los primeros minutos fueron totalmente para el visitante, a los trece minutos de partido Wilson rechazó de cabeza un centro de Held desde la izquierda con tan mala fortuna que el balón cayo a los pies de Haller quien con agilidad se busco un recoveco de donde patear y vencer a Banks por bajo, 1-0 y banderas germanas ondeando en Wembley.

Los nervios no cundieron en las filas británicas, pese al balde de agua fría siguieron tranquilamente desplegando el futbol que los había llevado a la final, seis minutos después Overath hizo una falta al eterno capitán Bobby Moore, este en un acto completo de pillaje y astucia futbolística sacó un rápido y largo centro al corazón de área donde, quien si no, Geoff Hurst cabeceaba y anotaba el empate, Tilkowski protestó a sus compañeros, les habían ganado la espalda y el sacrificado había sido el, además su hombro no se encontraba bien después de un choque en los primeros minutos con el protagonista de esta historia.

El marcador de nuevo estaba igualado, todo estaba de nuevo en su sitio, pero el partido se empezó a tornar frenético, los dos equipos practicaban un futbol completamente abierto, los ires y venires agitaban a la gente en las tribunas y destrozaban los nervios de los entrenadores en los banquillos.

Otro cabezazo de Hurst puso de manifiesto la incomodidad del portero alemán, Tilkowski solo pudo palmear y Ball remató a puerta vacía por fuera. En otra jugada fueron los teutones quienes tuvieron también posibilidad de alcanzar la ventaja pero Banks sacó un doble remate de Emmerich. Las oportunidades se sucedían en los dos marcos hasta que el arbitro Dienst dio por terminada la primera parte.

La segunda parte inicio bajo una intensa lluvia y con menos ímpetu que la primera, un letargo se apoderó de los 22 jugadores, mucho control de balón y mucho estudio del rival, los contrincantes estaban empezando a temerse, ninguno de los dos quería perder.

Fue faltando doce minutos para el final cuando los ingleses rompieron el encanto, Ball forzó un tiro de esquina, el mismo lo cobro, Hurst remató fuerte pero el balón fue rechazado, se elevo, cuando bajo fue Peters quien con un remate lo envió a las mallas de Tilkowski, 2-1, Inglaterra se ponía por delante.

Los equipos alemanes se caracterizan por nunca dar un partido por perdido, pues este de 1966 no era la excepción, cuando ya todo el mundo pensaba que estaba todo dicho, en el último minuto Weber aprovecho un rebote en el área inglesa después de un centro de Emmerich y batio a Banks, 2-2, abría tiempo extra.

Los jugadores se derrumbaron en el césped de Wembley, el esfuerzo había sido muy grande, pero allí jugo un importante papel el mítico Alf Ramsey, ingresó al campo de juego para arengar a sus exhaustos jugadores, “ustedes ya ganaron el mundial una vez, ahora gánenlo otra” refiriéndose al empate tardío alemán, “además mírenlos, están acabados” prosiguió.

El primero en demostrar su alta moral fue Allan Ball, sus constantes internadas por la banda empezaron a sacarle el poco oxigeno que le quedaba al equipo alemán, fue en una de ellas cuando dejó atrás a Schnellinger y centró sobre la marcha encontrando a Geoff Hurst quien remató furiosamente de pierna derecha, el balón reventó en la parte inferior del larguero y rebotó en el césped, Roger Hunt de quien sabemos había sido duda hasta el último momento, levantó los brazos, ¿gol? Tilkowsky negaba con sus manos, un remolino de jugadores rodeó al arbitro Dienst de Suiza, él no lo sabía, se dirigió a la banda para consultar con su asistente, el ruso Bakharamov quien dio por válido el gol, 3-2.

Alemania se lanzó al ataque y dejó su portería al descubierto, Bobby Moore se aprovecho de ello y encontró arriba de nuevo a Hurst quien solo frente a Tilkowski apostilló el 4-2 y anotó su tercer gol de la tarde, la gente se precipitó al campo de juego e Inglaterra ganó su único mundial hasta ahora. George Hurst era un héroe.

Pero como a la mayoría de los héroes, lo rondaba un fantasma el cual se quitó el 31 de marzo de 2010 admitiendo que aquel disparo nunca traspasó la línea de gol, “Tengo una gran deuda con Tofic Bakhramov, si estuviera aquí le estrecharía la mano , gracias a él tengo un hat trick en una final de la Copa del Mundo y un lugar en la historia, el valor de aceptar esto tantos años después lo hacen más héroe aún.